jueves, 18 de febrero de 2021

El hermano del Presto (entrevista imaginaria)

 

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Presto, ese muchacho que gesticula en la foto, es un tuitero que se hizo conocido por amenazar a la vicepresidenta argentina. Si bien sus posturas de hater son conocidas, se sobrepasó a sí mismo al burlarse del femicidio de Úrsula Bahillo, lo que le valió la suspensión de su cuenta de Twitter. 

Tengo que confesar que cuando leí lo que había publicado me sorprendí. Me pregunté a quién se le podía ocurrir que algo así era gracioso, que era válido, que no era dañino. Cómo era esa persona. Y decidí imaginármelo. Pero como ponerse en la piel de alguien muy ajeno no es posible, decidí crear un personaje al que le costara menos, y le inventé un hermano. Y le hice una entrevista imaginaria. Acá va.

***

El hermano del Presto:
"Mi hermano no ve a nadie:
ni a los otros, ni a él mismo" 

(entrevista falsa a un personaje imaginario) 


- ¿Por dónde querés empezar?

- Por el principio, diría yo [sonríe]. La familia, en este caso. Y mi hermano fue el hijo perfecto.

- ...

- Claro. Mi hermana y yo (yo soy el más grande, luego siguió ella) somos un fracaso: los dos nos fuimos a la mierda, cortamos todos los puentes. Eduardo no. Venimos de una familia que se considera tradicional, lo que yo hoy te describiría como reaccionaria. Mi viejo es un tipo rígido, que creció admirando a los militares (mi abuelo lo era). Mi vieja... Yo que sé. A veces pienso que mi vieja tuvo hijos porque es lo que había que hacer. Y los cagamos, a ella y al viejo, [risas], al menos yo y mi hermana. Ella se fue a Brasil a hacer "vida de hippie" (es actriz), yo estudié filosofía, esa "carrera de zurdos" [risas]. Y ahí quedó Eduardo, solo para cargar con la herencia familiar. Y se lo tomó a pecho. 

- ¿Siempre fue así?

- ¿Facho, querés decir? [risas] Digamos que siempre quiso ser el orgullo de los viejos. Esa fue su manera de diferenciarse. Su rebeldía fue contra mi hermana y contra mí, entonces. Y si mis viejos siempre fueron reaccionarios él decidió serlo aún más.

- Entiendo. ¿Te sorprendió esto de los tuits?

- No. Esto es el sueño de mi hermano, su mejor momento. Pero ojo, mi hermano no es el problema: es el síntoma del problema.

- ¿Podés desarrollar?

- Mi hermano no es un loquito suelto: ¡una ex-ministra, presidenta del partido más grande de la oposición, lo celebra por ser "políticamente incorrecto"! Mi hermano tiene difusión porque vivimos en un país en el que quien no piensa como uno es o un imbécil o un hijo de puta. Ese el país del Presto. Mientras eso no cambie, salvajadas como la de mi hermano seguirán teniendo cabida.

- ¿Y cómo sigue esto?

- ¿Para mi hermano? Bien, cómo va a seguir, Mi hermano está convencido de que los malos son los otros, ¿entendés? Él es un héroe. Él postea eso y la culpa es de los demás: lo malinterpretaron, desinformación, etc. Mi hermano, como tantos otros, parte del hecho de que nada de lo que él diga o haga puede estar mal, porque es un cruzado por la libertad (la suya, se entiende). A lo sumo puede que no lo hayan entendido, y entonces pide disculpas por eso -que no sería su culpa-, total le sale gratis, pero no se arrepiente nunca. Mi hermano piensa que tiene la verdad y que está del lado de los buenos. Del lado de la libertad, la libertad de hacer y decir él lo que se le cante. 

- Ya veo. ¿Y cómo dirías que hay que reaccionar?

- [Se queda pensando] Intentar entender, que no es justificar. Hay que hacer lo que mi hermano y los que piensan como él no pueden hacer: ponerse en el lugar del otro. 

Cuando Eduardo dice que no se quería burlar de la muerte de Úrsula Bahillo al decir que se habría salvado si le hablaba en lenguaje inclusivo o le cantaba "(con un ukelele) una canción anti capitalista y antipatriarcal a su asesino" yo le creo. No quería burlarse de su muerte: simplemente en ese momento le importaba un carajo. Estaba usando ese femicidio como excusa para fustigar ideologías y políticas que no le gustan. El hecho en sí no tenía para él en ese instante la menor importancia. Eso es lo tremendo: para mi hermano lo que hizo es válido. Y es válido porque el fin justifica los medios. 

Entonces lo que hay que hacer es no ser como él. Nunca. No creerse un cruzado en combate contra el mal absoluto. Cuestionarse siempre. Escuchar. Y tener límites. Mi hermano piensa que no tenerlos es ser libre, y se equivoca. Él es esclavo de la misión que impuso, ese combate sin piedad contra toda ideología que no sea la suya. Mi hermano no ve a nadie: ni a los otros, ni a él mismo. Si a uno le importan los demás, mi hermano es el ejemplo de como no hay que ser. Y no hay que odiarlo, porque eso le sirve a él. Ahora, tampoco hay que tomarlo como un interlocutor, ni legitimarlo. Quienes lo hacen son tan culpables como él, o más (por eso de "la culpa no es el del chancho..."). 

- Entiendo. Gracias por tu tiempo.

- Y por el tuyo.

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