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domingo, 22 de mayo de 2016

Notas para un post sobre Humpty Dumpty que no escribiré

-¡Te has cubierto de gloria!
-No sé qué es lo que quiere decir con eso de la «gloria» --observó Alicia.
Humpty Dumpty sonrió despectivamente.
-Pues claro que no..., y no lo sabrás hasta que te lo diga yo. Quiere decir que «ahí te he dado con un argumento que te ha dejado bien aplastada».
-Pero «gloria» no significa «un argumento que deja bien aplastado» -objetó Alicia.
-Cuando yo uso una palabra --insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso-quiere decir lo que yo quiero que diga..., ni más ni menos.
-La cuestión --insistió Alicia-- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
-La cuestión --zanjó Humpty Dumpty-- es saber quién es el que manda..., eso es todo.

Lewis Carrol, A través del espejo y lo que Alicia encontró allí


  • El despotismo es un orden arbitrario y no consensuado, un caos con apariencia de orden.

  • El despotismo y sobre todo el totalitarismo son enloquecedores porque someten al individuo a un orden incomprensible.

  • La vida de los otros (Das leben des anderen) presenta el "socialismo real" de la RDA bajo esa luz.

  • Caos con apariencia de orden en la literatura: the Dark Empire of Granbretan en el mundo de Dorian Hawkmoon, según lo que Michael Moorcock, creador del personaje, ha afirmado en su sitio web.

  • Moorcock también afirma, en respuesta a la carta de un fan, que el castillo/mundo de Gormenghast puede verse como un intento por parte de las fuerzas del Caos de crear orden. Este punto de vista, que reduce la riqueza de la creación de Mervyn Peake, es atribuible a la visión negativa del caos que exhibe el multiverso de Moorcock.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Con The Dark Knight (la película) como disparador


Comencemos por una verdad de perogrullo: el mundo de los superhéroes es un mundo distinto del nuestro. OK. Pero su singularidad no radica pura y únicamente en unas leyes naturales que difieren de las nuestras (y que permiten, por ejemplo, la existencia de la magia, entre otras cosas imposibles en nuestro mundo). No. El mundo de los superhéroes difiere además del nuestro en ciertos aspectos de la psicología de sus habitantes, que incorporan como cosa normal y cotidiana la existencia de personas en uniforme, con o sin poderes: justamente, los superhéroes y supervillanos. Esta particularidad psicológica del universo superheroico es la manifestación de otro rasgo idiosincrásico, si se quiere más sutil, que es una extrapolación de un aspecto capital de la cultura norteamericana (la cultura madre del género superheroico): la enorme importancia que se le reconoce a la singularidad del individuo. Los superhéroes, con sus uniformes y sus signos identificatorios, son cada uno una institución de un solo hombre. Y así como los uniformes y placas de la policía pretenden simbolizar la autoridad con la que el Estado inviste a sus portadores, los trajes e insignias de los superhéroes son el símbolo de la individualidad triunfante; lo que los habitantes reconocen en el superhéroe, al aceptarlo como tal, es una superioridad producto de su carácter singular. Todos somos únicos, pero los superhéroes más. Su individualidad hiperdesarrollada pone a los superhéroes de igual a igual con respecto a las instituciones de los simples mortales, que se apoyan en ellos cuando la situación los supera; la batiseñal es un ejemplo cristalino. Y si la singularidad superheroica viene en muchos casos de sus poderes, no es siempre así: también puede tratarse de una superioridad tecnológica, intelectual, deportiva o... financiera. El superhéroe, sin los límites del mundo real, es un culto a la singularidad del individuo en todas y cada una de sus formas posibles.

El surgimiento del superhéroe obliga, entre otras cosas por necesidades narrativas, a la aparición de su contraparte, su némesis: el supervillano. Y es interesante cómo se construye esta oposición complementaria en la película de Nolan (construción que hereda mucha de la historieta de Frank Miller de la que el filme toma el nombre -que no el hilo argumental-). Batman se asigna la misión de restaurar el orden (o, aunque más no sea, un orden) en una ciudad dominada por el crimen. El Joker, por su lado, no quiere construir nada: es caos puro, destrucción de lo existente sin buscar reemplazarlo por nada, paladín de la aniquilación tanto material como simbólica.

Para cualquier interesado en la cultura norteamericana, con la que la mitología superheroica está profundamente enraizada, la película de Nolan es imperdible (además que, cinematográficamente, es una obra coherente, compleja y sólida), y ha recibido en general una buena recepción (además de ganar paladas de plata). Pero me llamaron la atención algunas cosas que pudieron leerse en ciertas críticas, como la asimilación absoluta Joker/Al-Qaeda. Es innegable y evidente que The Dark Knight es una película post Nine-Eleven, que refleja el golpe sufrido por la imagen que los norteamericanos tienen de sí mismos, de su cultura y de sus mitos fundacionales. Pero igualar al personaje encarnado por el finado Heath Ledger con el terrorismo islámico es de una estupidez notable. El Joker es en la película, que duda cabe, un terrorista (el teror es su arma y un fin e sí mismo); pero nada más alejado del nihilismo supremo y absoluto que lo anima del idealismo ciego del fundamentalismo islámico. El Joker no busca nada, no quiere nada, más que destruir las certezas de los otros. La única certeza que lo mueve es la falsedad de las certezas de los otros. Todos es falso y esa falsedad debe ser mostrada. Toda construcción (de la propia identidad, de las instituciones, de la solidez de los edificios que las albergan) es falsa, fallida, y por lo tanto falible y fácilmente destructible. Si se parece a alguna imagen de terrorista histórico es más bien al terrorismo nihilista de los anarquistas de fines del siglo XIX; de hecho, la figura cinematográfica a la que tal vez más se parezca este Joker es al personaje interpretado con notable regocijo por Robin Williams en la adaptación de la novela de Joseph Conrad The Secret Agent.

El Joker es el otro absoluto, aquello que no puede entenderse, difícil de combatir porque es ajeno a las motivaciones de la mayoría; un enemigo mortal, porque entiende a la perfección a sus adversarios, y así descubre que es lo que debe hacer para quebrarlos. En el caso de Batman, eso implica intentar hacerlo violar su único tabú: el asesinato. El héroe, en un giro crístico muy particular adaptado a la particular teología secular estadounidense, sacrifica lo más importante: no su vida, sino su reputación, la imagen que los otros tienen de él. Pero, ¿es realmente eso lo más importante? No: él sabe que no es un asesino, y eso es lo único que importa; en un mundo que eleva la individualidad a principio motor, la propia imagen es la imagen verdadera, al menos en el caso de seres auténticamente únicos como esos héroes de la singularidad y lo individual, los superhéroes.

Buen visionado. Suyísimo,

CC

PS: Soy esclavo de la imaaaaaagen. El dibujo del principio lo conseguí aquí http://www.law.duke.edu/cspd/comics/zoomcomic.html luego de poner "public domain"-comic book-images en el omnipresente Google.

viernes, 25 de mayo de 2007

Y el caos se volvió hype



Joven lector/a de historietas: ¿necesitas taparle la boca a algún infeliz que se permite criticar con sorna tus lecturas? ¡He aquí la primer entrega del delivery de argumentos matadores de Enanos en Elefante! Toma nota: "Las producciones de la cultura de masas son un excelente barómetro de la sensibilidad contemporánea, mi querido infeliz". No me quedan los proverbiales botones para ofrecer como muestra, así que vaya un ejemplo con mi tema preferido.


Los Amos del Caos (y perdón a los comic geeks como un servidor, pero Enanos... no discrimina a los de fuera de la tribu) es un grupo de entidades cósmicas perteneciente al Universo DC , en guerra perpetua contra los Amos del Orden. Ambos grupos representan principios opuestos e intentan afectar el balance del universo (eso son objetivos y lo demás verdurita, diría mi abuela). Hasta fines de los años '80, la visión de este conflicto en las historietas de la DC era bastante maniquea (adivinen quiénes eran los buenos), lo cual se reflejaba en la representación gráfica de los dos grupos de entidades: como puede verse en la ilustración de Keith Giffen, los Amos del orden solían ser presentados como criaturas de luz y los Amos del Caos como seres de la oscuridad y la destrucción. Esta mirada proviene en gran medida del multiverso de Michael Moorcock, en el que se lleva a cabo una batalla eterna entre Ley y Caos. Esta visión de la ley y el orden como moralmente positivos y el caos como negativo también aparece en la versión original del juego de rol Dungeons and Dragons. Pero la imagen del orden y el caos cambió y, al menos en lo que a los cómics DC se refiere, los principales responsables son dos guionistas: el escocés Grant Morrison y el inglés Neil Gaiman. En las historias de Morrison y Gaiman, tanto en las que suceden dentro del Universo DC como fuera de él, Orden y Caos aparecen vaciados de todo contenido moral. En una de sus miniseries más famosas para el personaje de The Sandman, "Estación de Nieblas", la manera en que aparecen representados un Amo del Orden y otro del Caos no deja muchas dudas con respecto a sus simpatías: mientras el Amo del Caos toma la forma de una nenita con un globo (capaz de transformarse en un monstruo horrendo, justo es decirlo), el Amos del Caos aparece como una caja de cartón... Al elegir una forma infantil para el Amos del Caos, Gaiman está haciendo énfasis en la espontaneidad como rasgo esencial del personaje. El cambio de percepción del orden y el caos no se ha limitado, por supuesto, a los cómics: ya en la versión de 1978 de Dungeons and Dragons, Advanced Dungeons and Dragons, el aspecto moral es separado de los conceptos de Ley y Orden.


Y yo digo que está bien, y me voy a inventar un orco pacifista y vegetariano, qué tanto.




jueves, 17 de mayo de 2007

V de Vendetta, el film, o cómo hacer moco un gran cómic


La receta es fácil. El primer paso es tomar una historieta con personajes complejos y bien construidos, que pone en escena de manera precisa dos sistemas políticos contrapuestos (la anarquía y el fascismo) y que hace gala de una total ausencia de maniqueísmo.

La etapa siguiente, importantísima, consiste en eliminar toda referencia a esos sistemas políticos, reduciendo el conflicto principal a un enfrentamiento entre libertad y dictadura.

Luego hay que modificar los personajes, puliéndolos de las aristas más controvertidas. Así, el personaje de Gordon Deitrich, contrabandista y amante de Evey Hammond en el cómic, asesinado por un criminal, pasa a ser una especie de tío protector para Evey, un conductor televisivo perseguido por el régimen por su homosexualidad. La misma Evey pasa de adolescente prostituida por desesperación a joven empleada de un canal de televisión. Y last but not least, V ya no es un revolucionario anarquista puro y duro que no duda en recurrir a todos los medios a su alcance, inclusive el de la tortura física y psicológica (que es lo que hace con Evey) para alcanzar su objetivo, sino un heroico luchador por la libertad que se convierte en modelo del pueblo todo en su combate contra el régimen malo-malo (berk). Los ejemplos de tan afortunadas transformaciones son legión.
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No quiero exagerar demasiado diciendo que los hermanitos Wachowski son una especie de Reyes Midas al revés que destrozan las obras que tocan, pero algo de eso hay. Los W. digieren sus influencias (que pocas veces citan; ay, muchachos, muchachos) para ofrecer un producto adaptable al gusto de muchos. Eso hicieron en Matrix con Gibson y Dick, y eso hacen en V de Vendetta. Todo bien, vayan para adelante y que les garúe finito, pero si usted, amigo lector, quiere saber lo que es bueno, lea la obra de Moore y Lloyd no se conforme con sucédaneos. ¡He dicho!